EDV 5: En la inmensidad de la sala...
En la sala no se oía más que el repicar de la lluvia en los cristales. Al fondo titilaban las tenues luces de unas velas en la que antaño fue el salón principal de una próspera comunidad. O eso se podía deducir de los tapices, ahora sucios y enmohecidos, que decoraban las paredes. Fuera quizás era de día, pero la suciedad en las ventanas no dejaba entrar luz alguna.
Grandes columnas sostenían la impresionante bóveda, estaban talladas con distintas figuras y aunque ahora estaban gastadas y raídas todavía podían apreciarse historias en ellas, estatuas rotas decoraban los bordes y al fondo el trono, donde se sentaba el señor y desde donde gobernaba el pueblo.
Al lado del trono estaban las velas. Al acercarse podía uno observar que alguien estaba sentado en el desvencijado trono. Las manos reposaban en su regazo, tenía la cabeza agachada y cubierta con una capucha, respiraba con dificultad. Se diría que estaba dormido.
Un trueno retumbó en el cielo, pero en la sala no asomó luz aunque las paredes se estremecieron con su sonido. La persona que estaba en el trono no se movió.
Durante unos instantes todo fue calma y después, si uno escuchaba, podía oírse llover. Entre el sonido de la lluvia, se podía escuchar, algo más, casi imperceptibles, eran unas voces.
Las voces se oían lejanas pero cada vez se acercaban más, de pronto se dejaron de oír y la persona que estaba en el trono levantó la cabeza dejando ver un mentón joven y una expresión triste en la boca.
Las voces volvieron a oírse, ahora se escuchaban también las pisadas. Habían entrado en el castillo. El que había estado sentado ahora se levantó, llevaba un hábito de monje, las manos entrecruzadas bajo las mangas y sólo se podía distinguir parte de su cara. Empezó a bajar del púlpito en el que se encontraba el trono pero no parecía andar, más bien era como si deslizase en el suelo.
Las voces se escuchaban cada vez más cerca y ahora incluso se podían distinguir, había dos hombres, una mujer y lo que parecía ser un niño.
El monje se movía despacio y se dirigía al centro de la sala, según iba pasando al lado de los candelabros que sostenían las columnas, éstos se iban encendiendo como si alguien invisible les prendiera fuego. El hombre se paró frente a una pila situada justo en el medio del gran salón. Estuvo un rato ahí, quieto, esperando y de pronto empezó a brotar de la pila una sustancia transparente, cualquiera hubiera pensado que era agua, pero sólo había que olerla para darse cuenta que era mucho más que eso.
Las voces se oían ahora justo tras la gran puerta que custodiaba el salón, discutían sobre la mejor manera de entrar. El líquido empezó a rebosar de la pila y cayó al suelo, desde ahí empezó a distribuirse por todo el salón mediante unos pequeñísimos surcos que marcaban toda la estancia. Varios golpes resonaron en la puerta, parecía que querían tirarla abajo por la fuerza, pronto desistieron.
El líquido seguía extendiéndose por toda la sala, en su camino se encontraba con otras pilas, más pequeñas que la primera y subía por ellas trepando como si estuviera resbalando hacia arriba, una vez en la pila, de ésta empezaba a surgir más líquido, pronto toda la sala estuvo cubierta por surcos que contenían líquido y que dibujaban extraños símbolos en el suelo.
Las voces del otro lado de la puerta se notaban cada vez más nerviosas, no eran capaces de abrir la puerta. El monje levantó la cabeza hacia la puerta y esta empezó a abrirse suavemente sobre sus goznes sin emitir ningún sonido. Las voces rápidamente dejaron de oírse y al terminar de abrirse la puerta no parecía haber nadie al otro lado.
Al rato, empezaron a asomarse varias personas desde los bordes de las puertas, dos hombre y una mujer, el monje sonrió, separó las manos y las puso sobre la pila.
Los dos hombres y la mujer terminaron de salir de su escondite y armados ellos con sendas espadas y ella con dos pequeñas hachas arrojadizas, empezaron a entrar despacio en la sala mirando hacia el monje que parecía que los observaba desde debajo de su capucha.
- Será mejor que os deis la vuelta y volváis por donde habéis venido – la voz retumbó en la sala y aunque debía venir del monje, no había nada en él que hiciera pensar que estaba hablando – Sé quienes sois y qué habéis venido a buscar, pero por vuestro bien os debo pedir que desistáis.
El hombre más pequeño, que iba ataviado con una brillante armadura carmesí, de cuyo cuello colgaba una lustrosa capa de terciopelo negro increíblemente limpio a pesar de haber estado expuesto a la intemperie empuñó aún más fuerte su espada y habló.
- Nadie le da órdenes a Aljeiv de Pantang, y si supieses en verdad quien soy serías tú el que huirías – Su voz sonó orgullosa y segura de sí misma, sin un atisbo de miedo. Sin embargo en la mirada de sus dos compañeros sí que se apreciaba miedo.
El monje dirigió entonces su mirada otra vez a la pila y se oyó, - vosotros lo habéis querido así – y súbitamente hundió las manos en la pila. Al instante ésta prendió fuego y el fuego se extendió por toda la sala, por todos los surcos y pilas por las que se había esparcido la sustancia, los tres guerreros se sorprendieron y se juntaron espalda contra espalda quedando rodeados por fuego excepto por la parte de atrás que iba hacia la puerta.
El hombre más pequeño, el que había hablado y parecía ser el jefe hizo una señal a la mujer y ella lanzó un hacha hacia el monje. Parecía que iba a alcanzarlo cuando súbitamente de la pila en llamas surgió una lengua de fuego que le dio al hacha y la desvió de su curso. El monje hundió aún más sus manos en la pila y de ella empezaron a surgir llamas con formas definidas, cuatro hombres, dos panteras y dos halcones.
Las criaturas de fuego se dirigieron a los tres guerreros.
Los halcones se lanzaron hacia la mujer, ella les lanzó varas hachas y aunque acertó alguna vez, parecía que no les causara daño alguno. Los halcones empezaron a atacarla con sus picos y garras y además prendieron sus ropas, la mujer gritando aterrorizada huyó de la sala hacia el bosque donde esperaba poder apagar las llamas con el agua de la lluvia.
Las dos panteras atacaron al hombre más grande, su espada no sirvió de mucho, pronto las panteras lo tiraron al suelo y en pocos segundos sus gritos cesaron y su cuerpo fue rápidamente pasto de las llamas.
Las tres figuras humanas no se dirigieron directamente al hombre de la armadura, sino que dos de ellos fueron primero hacia una de las paredes donde había colgadas viejas armas, cogieron una espada corta y una rodela cada uno y fue entonces cuando se dirigieron al hombre que ignorando las llamas se había acercado hacia el monje con la espada en alto.
El guerrero de la armadura iba a dar un estocazo al monje cuando una de las figuras detuvo su espadazo son su arma, mientras la otra lo atacaba. El hombre paro el estoque de la segunda figura y dio a su vez una patada a la primera, quien sí pareció sentir el golpe. La segunda figura volvió a atacar al hombre, quien esquivó el golpe, sacó otra espada más corta y aprovechando la inercia golpeó a la primera figura con la espada más larga en el pecho partiéndola en dos, se volvió entonces a la segunda figura que ya le atacaba por tercera vez y volvió a detener su golpe esta vez con la espada corta, lo que le dio posibilidad de atacar con su espada larga a la figura atravesándole la cabeza. La segunda figura se esfumó y el hombre sonrió feliz creyendo que ya había acabado sin darse cuenta que de los dos pedazos que habían quedado de la primera figura resurgían dos formas más pequeñas. Mientras el pantangiano se dirigía confiado hacia el monje una de las pequeñas figuras lo agarró por la capa y lo tiró al suelo mientras tanto la otra cogió la espada de la figura de la que había surgido y retirándole el casco al hombre caído hundió la hoja en su cráneo, la hoja hundida empezó a arder y el cuerpo del pantangiano dejó de moverse convirtiéndose rápidamente en cenizas.
La tercera figura regresó entonces con el niño que había venido con los guerreros. A pesar de estar sujetándolo por los brazos, la figura de fuego no le quemaba, el niño que debía tener unos diez años, estaba asustado y lloraba intentando escapar de su captor.
El monje sacó las manos de la pila e instantáneamente todo el fuego de la sala se apagó y las figuras que habían salido de la pila se esfumaron. El niño, a quien la figura sujetaba en alto, cayó al suelo, sorprendido, con la mirada incrédula porque parecía que todo había acabado.
El monje se volvió y empezó a caminar hacia el trono otra vez, se detuvo un momento y pareció pensar las palabras que iba a decir a continuación. Esta vez la voz sí salía del monje.
- Coge los enseres del que fue tu amo. Guárdalos, te serán útiles. Vete y conviértete en un hombre de provecho en tu tierra. – El niño no tardó en obedecer y cogió la armadura y las espadas y las envolvió en la capa, cogió un par de bolsas con monedas que llevaba el guerrero, además de algunos anillos y medallones y se los metió en los bolsillos. Ahora el monje dijo algo en voz muy baja mientras volvía a dirigirse hacia el trono, al niño le pareció oír – algo me dice que no será la última vez que nos veamos.
Grandes columnas sostenían la impresionante bóveda, estaban talladas con distintas figuras y aunque ahora estaban gastadas y raídas todavía podían apreciarse historias en ellas, estatuas rotas decoraban los bordes y al fondo el trono, donde se sentaba el señor y desde donde gobernaba el pueblo.
Al lado del trono estaban las velas. Al acercarse podía uno observar que alguien estaba sentado en el desvencijado trono. Las manos reposaban en su regazo, tenía la cabeza agachada y cubierta con una capucha, respiraba con dificultad. Se diría que estaba dormido.
Un trueno retumbó en el cielo, pero en la sala no asomó luz aunque las paredes se estremecieron con su sonido. La persona que estaba en el trono no se movió.
Durante unos instantes todo fue calma y después, si uno escuchaba, podía oírse llover. Entre el sonido de la lluvia, se podía escuchar, algo más, casi imperceptibles, eran unas voces.
Las voces se oían lejanas pero cada vez se acercaban más, de pronto se dejaron de oír y la persona que estaba en el trono levantó la cabeza dejando ver un mentón joven y una expresión triste en la boca.
Las voces volvieron a oírse, ahora se escuchaban también las pisadas. Habían entrado en el castillo. El que había estado sentado ahora se levantó, llevaba un hábito de monje, las manos entrecruzadas bajo las mangas y sólo se podía distinguir parte de su cara. Empezó a bajar del púlpito en el que se encontraba el trono pero no parecía andar, más bien era como si deslizase en el suelo.
Las voces se escuchaban cada vez más cerca y ahora incluso se podían distinguir, había dos hombres, una mujer y lo que parecía ser un niño.
El monje se movía despacio y se dirigía al centro de la sala, según iba pasando al lado de los candelabros que sostenían las columnas, éstos se iban encendiendo como si alguien invisible les prendiera fuego. El hombre se paró frente a una pila situada justo en el medio del gran salón. Estuvo un rato ahí, quieto, esperando y de pronto empezó a brotar de la pila una sustancia transparente, cualquiera hubiera pensado que era agua, pero sólo había que olerla para darse cuenta que era mucho más que eso.
Las voces se oían ahora justo tras la gran puerta que custodiaba el salón, discutían sobre la mejor manera de entrar. El líquido empezó a rebosar de la pila y cayó al suelo, desde ahí empezó a distribuirse por todo el salón mediante unos pequeñísimos surcos que marcaban toda la estancia. Varios golpes resonaron en la puerta, parecía que querían tirarla abajo por la fuerza, pronto desistieron.
El líquido seguía extendiéndose por toda la sala, en su camino se encontraba con otras pilas, más pequeñas que la primera y subía por ellas trepando como si estuviera resbalando hacia arriba, una vez en la pila, de ésta empezaba a surgir más líquido, pronto toda la sala estuvo cubierta por surcos que contenían líquido y que dibujaban extraños símbolos en el suelo.
Las voces del otro lado de la puerta se notaban cada vez más nerviosas, no eran capaces de abrir la puerta. El monje levantó la cabeza hacia la puerta y esta empezó a abrirse suavemente sobre sus goznes sin emitir ningún sonido. Las voces rápidamente dejaron de oírse y al terminar de abrirse la puerta no parecía haber nadie al otro lado.
Al rato, empezaron a asomarse varias personas desde los bordes de las puertas, dos hombre y una mujer, el monje sonrió, separó las manos y las puso sobre la pila.
Los dos hombres y la mujer terminaron de salir de su escondite y armados ellos con sendas espadas y ella con dos pequeñas hachas arrojadizas, empezaron a entrar despacio en la sala mirando hacia el monje que parecía que los observaba desde debajo de su capucha.
- Será mejor que os deis la vuelta y volváis por donde habéis venido – la voz retumbó en la sala y aunque debía venir del monje, no había nada en él que hiciera pensar que estaba hablando – Sé quienes sois y qué habéis venido a buscar, pero por vuestro bien os debo pedir que desistáis.
El hombre más pequeño, que iba ataviado con una brillante armadura carmesí, de cuyo cuello colgaba una lustrosa capa de terciopelo negro increíblemente limpio a pesar de haber estado expuesto a la intemperie empuñó aún más fuerte su espada y habló.
- Nadie le da órdenes a Aljeiv de Pantang, y si supieses en verdad quien soy serías tú el que huirías – Su voz sonó orgullosa y segura de sí misma, sin un atisbo de miedo. Sin embargo en la mirada de sus dos compañeros sí que se apreciaba miedo.
El monje dirigió entonces su mirada otra vez a la pila y se oyó, - vosotros lo habéis querido así – y súbitamente hundió las manos en la pila. Al instante ésta prendió fuego y el fuego se extendió por toda la sala, por todos los surcos y pilas por las que se había esparcido la sustancia, los tres guerreros se sorprendieron y se juntaron espalda contra espalda quedando rodeados por fuego excepto por la parte de atrás que iba hacia la puerta.
El hombre más pequeño, el que había hablado y parecía ser el jefe hizo una señal a la mujer y ella lanzó un hacha hacia el monje. Parecía que iba a alcanzarlo cuando súbitamente de la pila en llamas surgió una lengua de fuego que le dio al hacha y la desvió de su curso. El monje hundió aún más sus manos en la pila y de ella empezaron a surgir llamas con formas definidas, cuatro hombres, dos panteras y dos halcones.
Las criaturas de fuego se dirigieron a los tres guerreros.
Los halcones se lanzaron hacia la mujer, ella les lanzó varas hachas y aunque acertó alguna vez, parecía que no les causara daño alguno. Los halcones empezaron a atacarla con sus picos y garras y además prendieron sus ropas, la mujer gritando aterrorizada huyó de la sala hacia el bosque donde esperaba poder apagar las llamas con el agua de la lluvia.
Las dos panteras atacaron al hombre más grande, su espada no sirvió de mucho, pronto las panteras lo tiraron al suelo y en pocos segundos sus gritos cesaron y su cuerpo fue rápidamente pasto de las llamas.
Las tres figuras humanas no se dirigieron directamente al hombre de la armadura, sino que dos de ellos fueron primero hacia una de las paredes donde había colgadas viejas armas, cogieron una espada corta y una rodela cada uno y fue entonces cuando se dirigieron al hombre que ignorando las llamas se había acercado hacia el monje con la espada en alto.
El guerrero de la armadura iba a dar un estocazo al monje cuando una de las figuras detuvo su espadazo son su arma, mientras la otra lo atacaba. El hombre paro el estoque de la segunda figura y dio a su vez una patada a la primera, quien sí pareció sentir el golpe. La segunda figura volvió a atacar al hombre, quien esquivó el golpe, sacó otra espada más corta y aprovechando la inercia golpeó a la primera figura con la espada más larga en el pecho partiéndola en dos, se volvió entonces a la segunda figura que ya le atacaba por tercera vez y volvió a detener su golpe esta vez con la espada corta, lo que le dio posibilidad de atacar con su espada larga a la figura atravesándole la cabeza. La segunda figura se esfumó y el hombre sonrió feliz creyendo que ya había acabado sin darse cuenta que de los dos pedazos que habían quedado de la primera figura resurgían dos formas más pequeñas. Mientras el pantangiano se dirigía confiado hacia el monje una de las pequeñas figuras lo agarró por la capa y lo tiró al suelo mientras tanto la otra cogió la espada de la figura de la que había surgido y retirándole el casco al hombre caído hundió la hoja en su cráneo, la hoja hundida empezó a arder y el cuerpo del pantangiano dejó de moverse convirtiéndose rápidamente en cenizas.
La tercera figura regresó entonces con el niño que había venido con los guerreros. A pesar de estar sujetándolo por los brazos, la figura de fuego no le quemaba, el niño que debía tener unos diez años, estaba asustado y lloraba intentando escapar de su captor.
El monje sacó las manos de la pila e instantáneamente todo el fuego de la sala se apagó y las figuras que habían salido de la pila se esfumaron. El niño, a quien la figura sujetaba en alto, cayó al suelo, sorprendido, con la mirada incrédula porque parecía que todo había acabado.
El monje se volvió y empezó a caminar hacia el trono otra vez, se detuvo un momento y pareció pensar las palabras que iba a decir a continuación. Esta vez la voz sí salía del monje.
- Coge los enseres del que fue tu amo. Guárdalos, te serán útiles. Vete y conviértete en un hombre de provecho en tu tierra. – El niño no tardó en obedecer y cogió la armadura y las espadas y las envolvió en la capa, cogió un par de bolsas con monedas que llevaba el guerrero, además de algunos anillos y medallones y se los metió en los bolsillos. Ahora el monje dijo algo en voz muy baja mientras volvía a dirigirse hacia el trono, al niño le pareció oír – algo me dice que no será la última vez que nos veamos.
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