¿Por qué repetir viejos errores habiendo nuevos?

Llevaba días con un dolor punzante en la pierna. No era de estos dolores que no te dejan hacer nada, era más bien una molestia contínua. Pero ella estaba acostumbrada a dolores mucho peores...
Con solo 23 años y un pequeño de 5 a su cargo se encontraba escondida en un piso de renta baja muy lejos de su ciudad debido a la constante amenaza que su expareja representaba.
Había estado 2 veces en el hospital y la primera vez casi no lo cuenta. Fue muy estúpida, pensó. Creyó sus palabras, que no volvería a beber, que dejaría la droga.
Por supuesto volvió a pasar.
Había sido hacía poco más de un mes, estaba ingresada y sabía que allí fuera el canalla aquel estaría esperándola. Se despertó aterrada, con un grito sordo que nadie oyó. Se llevó las manos a la boca para no hacer ruido con su llanto.
Poco a poco se fue tranquilizando al ver a su hijo dormido plácidamente en el sillón de las visitas. No había nadie más en la habitación. Recordó que la señora que había compartido habitación con ella había sido dada de alta esa mañana y todavía no había venido nadie.
Recordó como había llegado allí. Magullada, con la cara amoratada aunque milagrosamente esta vez no tenía nada roto.
ya llevaba allí varios días y estaba casi bien del todo. Quizás el dolor de la pierna fuese una secuela por no haber acabado la recuperación en el hospital.
Era de madrugada y decidió que era hora de irse muy lejos de allí. De perderse,de encontrar otro sitio donde nadie la conociese.
Recordó a su familia. Fue su primera noche trágica y el comienzo de su caida en los brazos de aquel desalmado. Un terrible accidente le arrebató a sus padres y su hermana. No tenía tíos y nunca conoció a sus abuelos. Ella tenía 16 años y de repente se encontró sin familia, sola. Completamente desamparada en un mundo que cada día le resultaba más aterrador.
Pero de eso hacía ya mucho, de nada valía lamentarse, ya estaba bien.
Se levantó y fue al servicio. Se encontró con ella misma en el espejo. No sabría decir cuanto tiempo estuvo mirándose. Como hablando consigo misma sin pronunciar palabra. Solas ella con ella misma. Ella y sus pensamientos. Ella y su vida.
Escribió con el dedo algo en aquel espejo. Y resueltamente recogió todo lo que allí tenía. Cogió a su hijo en brazos con cuidado de no despertarle y salió de la habitación.
Pero fuera había enfermeras y personal que no le dejarían salir así como así. Volvió a entrar. Tenía que pensarlo bien, tenía que ser, por una vez, más lista que aquellos que le habían hecho daño.
En esas estaba cuando vio pasar por el pasillo a un la acompañante de la habitación contigua. Y entonces supo como iba a salir de allí.
En aquella habitación estaba ingresada una hija de alguna familia árabe o islámica, no sabría decirlo, simplemente sabía que la señora que cuidaba de la niña llevaba un hijab.
Toda la vida había pensado que aquella prenda denigraba a las mujeres, y con rabia pensó que ella también había actuado de forma que le había llevado a esa situación. Por supuesto el gran hijo de puta que le hizo tanto daño era el culpable único de su desgracia, pero contuvo la rabia que sentía por no haberle denunciado a tiempo, por no haberle parado los pies, por haber caido en sus brazos. Se obligó a dejar de pensar en aquello, esta noche no debía ser la de siempre, a la de siempre la cogerían, ellos sabían qué hacía la de siempre.Por eso iba a ser más inteligente, era más inteligente.
No tenía mucho tiempo. La mujer habría ido al servicio, no tardaría mucho. Sigilosamente fue a la habitación de la chiquilla. Entró despacio, como sabía hacerlo para no despertar a su hijo. La niña dormía. Llevaban allí varios días así que suplicó al cielo que la mujer tuviese algo de ropa de cambio. Abrió el armario. Premio. La mujer tenía uno de sus burkas de recambio. Lo cogió y cerró el armario. Susurró un quedo "lo siento" y se dio la vuelta para salir.
- Coge el 23 - oyó decir a la niña. Volvió la cabeza hacia la cama de la chiquilla. No tendría más de 11 años. - Perdonadme, sólo es una prenda y yo... - la niña la detuvo. - Tranquila - le dijo - sé lo que haces y no voy a decir nada, pero coge el 23, si no, no irás a ningún sitio donde te acojan con ese vestido. Y vete ya, mi abuela estará a punto de volver, ella no te entendería, pero yo sí.
- Gracias - dijo casi sin hablar. Y con la prenda que debía ser su salvación debajo del camisón del hospital, salió sigilosamente de aquella habitación y entró en la suya.
El corazón le latía desbocado. Cerró la puerta y escondió rápidamente el burka entre su ropa en la maleta.
Cogió a su hijo en brazos después de cambiarse. Despacio, pero con seguridad, bajó las escaleras y salió por la puerta del hospital como si nada. Era de noche, había varias personas y alguna se la quedó mirando, pero no le dijeron nada. Era el hijab lo que les llamaba la atención, no ella.
Esperó en la parada del autobús. No supo cuánto tiempo estuvo allí. El corazón le latía como a un pura sangre desbocado, mientras su hijo dormía plácido en sus brazos.
Llegó el 23. Ella subió, pagó el billete y se sentó. Era muy entrada la noche y el bus estaba casi vacío. Y en la oscura y neblinosa noche, igual que vino, el autobús urbano se desvaneció en la noche.

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